Reserva Nasampulli: el renacer de las araucarias

Correo electrónico Imprimir

 

 
Acechado por la industria maderera, este refugio único de conservación no solo protege a un árbol en peligro de extinción —testigo viviente de la era de los dinosaurios—, sino que también resguarda un ecosistema excepcional de vida silvestre y un patrimonio cultural milenario
 
Nota del editor: Lo siguiente es de la edición 32.
 
Por Inés de Ros
 
Corren los años 80 en Chile. A los pies de los Nevados de Sollipulli, entre los volcanes Llaima y Villarrica, a unos 100 kilómetros al este de Temuco, un bosque de araucarias milenarias agoniza. El decreto que desde 1976 protege a la Araucaria araucana —declarada Monumento Natural y prohibida para la explotación maderera— fue suspendido bajo la presión del sector forestal, y las motosierras regresaron al bosque.
 
A primera hora de la mañana, el chirrido de las motosierras y la respiración ajetreada de los hombres en plena tala rasgan el silencio. Sobrecogidos, pudús, güiñas, pumas, chucaos y cachañas se estremecen. Cientos de troncos de araucaria —decorados, cual obra de arte, con los inconfundibles patrones geométricos de su corteza— yacen inertes sobre la tierra. Camiones de ruedas pesadas se abrirán paso entre la vegetación para llevarlos a los aserraderos, donde serán convertidos en tablas y vigas. En unas pocas horas, la mano del hombre deshace milenios.
 
Porque lo que cae no es un árbol cualquiera. La araucaria es un fósil viviente: su linaje ha atravesado casi sin cambios los últimos 200 millones de años, alimentó a los dinosaurios en el jurásico y sobrevivió a extinciones que ellos no superaron. Un solo ejemplar puede vivir más de mil años y superar los 40 metros de altura; sus hojas, duras y triangulares, permanecen vivas en la rama durante hasta dos décadas. Árbol nacional de Chile, los ingleses la bautizaron "monkey puzzle" (rompecabezas de monos) porque —decían— ni un mono sabría cómo trepar sus ramas espinosas. En 2013, la UICN elevó el estado de conservación de aquel bosque de Sollipulli a "En Peligro", impulsada por las tres amenazas que se cernían sobre él: la tala, el fuego y el ganado.
 
Y tampoco es un árbol cualquiera para quienes han vivido a su sombra desde mucho antes de la llegada de las motosierras. En mapudungun, la araucaria es el pewen, y una rama del pueblo mapuche se nombra a sí misma a partir de él: los pewenche, “la gente del pewen”. Durante milenios, sus semillas —los piñones, ngülliw— han sido un alimento básico: se comen cocidas o tostadas, se muelen en harina para hacer pan o se fermentan en bebida. La cosecha de otoño se inicia con el ngillatun, una rogativa que pide permiso a la tierra antes de recolectar, y se rige por costumbres de respeto: no se baja todo el cono ni se vacía el árbol. Talar un bosque de araucarias, para los pewenche, no es cortar madera: es derribar a un pariente.
 
En 1990 llegó un respiro: el gobierno de Chile restituyó la protección de la araucaria y las faenas madereras se detuvieron. Pero una nueva amenaza acechaba. Sin manejo ni control, la ganadería empezó a degradar el suelo y la vegetación que apenas comenzaban a recuperarse.
 
 
El antiguo bosque de araucarias de la Reserva Nasampulli es un refugio para muchos mamíferos, aves y anfibios únicos. Foto: Nick CharlesworthEl antiguo bosque de araucarias de la Reserva Nasampulli es un refugio para muchos mamíferos, aves y anfibios únicos. Foto: Nick Charlesworth

“Un bosque que hace cuarenta años parecía condenado vuelve a crecer hacia la luz: fósil viviente, una vez más, de la esperanza”.

 
Restauración y cuidado
En 1998, una veintena de conservacionistas chilenos, junto a dos miembros del Royal Botanic Garden Edinburgh, formaron la Sociedad Trafampulli, que adquirió 160 hectáreas de bosque de araucarias para preservarlo. Martin Gardner —botánico escocés experto en coníferas y figura del programa de conservación del jardín botánico de Edimburgo— llamó la atención de la ONG inglesa Rainforest Concern sobre el proyecto.
 
Tras varias conversaciones entre Peter Bennett, fundador y director ejecutivo de la entidad, Gardner y Antonio Lara —investigador de los ecosistemas boscosos y defensor de los bosques nativos de Chile, también miembro de la sociedad—, en 2002 Rainforest Concern inició la adquisición gradual de siete predios colindantes. Esta organización, que protege hábitats amenazados adquiriendo terrenos en riesgo e implementando planes de manejo, no ha dejado de ampliar la reserva desde entonces.
 
Hoy la Reserva Nasampulli abarca cerca de 1.500 hectáreas —casi diez veces su tamaño original—, es administrada por la fundación chilena FORECOS y cuenta con el financiamiento de la entidad inglesa.
 
Uno de los primeros programas abordó el problema del ganado que pastaba libremente, erosionando senderos y dificultando la regeneración del bosque. Marco Cortés, doctor en Ciencias Forestales que hoy administra la reserva, explica que la implementación exitosa de ese programa, realizado en estrecha colaboración con la comunidad vecina, "resultó en una mayor y más rápida tasa de restauración de la vegetación nativa". A esto se sumaron la plantación de araucarias y lengas en áreas degradadas y la construcción de terrazas para frenar la erosión. Los resultados, afirma, han sido rápidos y notables.
 
En 2012 se instalaron las primeras cámaras trampa, reforzadas en 2021 con equipos donados por la organización inglesa NatureSpy. Sus registros revelaron un bosque más rico en fauna de lo esperado. Enrique Cruz, director ejecutivo de FORECOS, detalla que tras trece años de monitoreo se sabe con certeza que pumas, pudúes, güiñas, chingues, zorros culpeo y chilla, chucaos, hued-hued del sur y monitos del monte —uno de los cuatro marsupiales chilenos, considerado un fósil viviente— habitan la reserva. Las cámaras también permiten estudiar cómo interactúan estas especies y cómo las afectan mamíferos exóticos como el jabalí y el ciervo rojo, introducidos en un predio vecino, que hoy figuran entre las principales amenazas.
 
En las imágenes nocturnas, un puma cruza un claro sin prisa; al amanecer, el canto rasposo del chucao delata que el bosque está despierto. Donde antes rugían las motosierras, hoy el silencio lo rompe la vida.
 
 
Fotos tomadas con cámaras trampa de un pudú y un puma merodeando por la noche. El investigador Antonio Lara recopilando datos climáticos.Fotos tomadas con cámaras trampa de un pudú y un puma merodeando por la noche. El investigador Antonio Lara recopilando datos climáticos.
 
 
Lo que enseña el bosque
En 2016, el Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR)2 instaló en la reserva un Sitio de Estudio de Largo Plazo. Antonio Lara —investigador del (CR)2 y presidente de FORECOS— explica que la investigación “es de gran importancia a escala regional y para la conservación. Junto a otras estaciones, nos permite conocer la magnitud de la variabilidad y el cambio climático en ambientes de montaña”. Tres estaciones meteorológicas automatizadas registran precipitación, temperatura, humedad, nieve y otras variables, y se mide el caudal del río Trafampulli, que nace en la reserva y alimenta el lago Caburgua.
 
El dato más inquietante surge al cruzar esos registros con lo que se observa en terreno. Gracias a esa data, dice Lara, y a la disminución del vigor y la mortalidad observados recientemente en los bosques de lenga de Nasampulli, “podemos investigar y entender mejor el impacto de la megasequía en los ecosistemas de la reserva”. Esa megasequía —la más prolongada de la que se tenga registro en Chile central— es también la que vuelve al bosque más inflamable, y el fuego es hoy, quizás, la mayor amenaza para las araucarias. Los incendios que en años recientes han arrasado bosques de araucaria en la cercana Reserva China Muerta y en otros puntos del centro-sur del país son una advertencia de lo que está en juego.
 
La cabaña de la reserva, además de refugio para guardaparques y personal de administración, recibe cada verano a voluntarios, estudiantes e investigadores que desarrollan sus tesis mientras colaboran con la reforestación y el mantenimiento. En su libro de visitas, Peter Bennett escribió que regresar a Nasampulli y ver el progreso de los últimos años lo dejaba “completamente convencido” de que Rainforest Concern había tomado la decisión correcta y que, bajo el liderazgo de Antonio, la reserva “irá de fortaleza en fortaleza”.
 
Los planes son ambiciosos. Cruz destaca que, por su cercanía a ciudades como Villarrica o Temuco y por su buen estado de conservación, la reserva “podría transformarse en un área importante para el turismo de intereses especiales de baja escala, tanto en invierno como en verano, así como en un polo de investigación aplicada a la conservación”.
 
Aún expuesta al cambio climático, a los incendios y a las especies invasoras, la Reserva Nasampulli late hoy con una energía que contrasta con la destrucción de hace cuatro décadas. Lo que fue una fuente de materia prima para los aserraderos es hoy un santuario donde el trabajo de restauración y la ciencia conviven con el vuelo de las cachañas. Gracias a la audacia de un puñado de visionarios, un bosque que hace cuarenta años parecía condenado vuelve a crecer hacia la luz: fósil viviente, una vez más, de la esperanza.
 
 

¡Suscríbete hoy!