Mis planes de pesca en cuarentena

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Foto: Mike MuñozFoto: Mike Muñoz
 
 
Por Tamara Toro Teutsch
 
Según mis planes iniciales, a fines del verano debía regresar de unas vacaciones en el sur de Chile junto a mis padres. El viaje se suponía que comenzaría en Cerro Castillo, para pescar en el río Ibáñez, el lago General Carrera y probablemente otros lugares maravillosos de la región de Aysén. La siguiente parada hubiera sido el hermoso lago Todos los Santos, ya más al norte, y terminaríamos el viaje en Valdivia y sus ríos cercanos. En todo el recorrido habríamos visto inquietas arcoíris y gordas farios siendo tentadas por nuestras moscas o arrancando de nuestros torpes movimientos.
 
Habría llevado mi fiel Redington Path para que mi papá continúe aprendiendo a lanzar, y yo habría usado seguramente la Winston Vapor, a la que aún no me acostumbro del todo. Habríamos casteado hasta quedar con el brazo cansado, la mitad de las moscas estarían perdidas entre los árboles, y mis mapas tendrían más marcas rojas para revisar por dónde anduvimos.
 
Mi cara quizá todavía estaría quemada por el frío y los vientos patagones. Mis manos aún tendrían el olor dulce de los peces vivos que habríamos liberado hacia la corriente, mientras dudábamos entre lanzar una vez más o regresar. Extrañaría estar pegada a la ventana mirando el paisaje que no tenemos en Santiago, entre tantos edificios y smog.
 
Con la pesca, he aprendido que uno controla lo mínimo: qué mosca usar, cómo y dónde lanzar, a qué hora llegar y cuándo irse. Todo el resto es una combinación de coincidencia y paciencia. El viento, la temperatura, el comportamiento de los peces, la naturaleza, es algo siempre por conocer cuando estamos allí.
 
 
Cerro Castillo. Foto: Diego Toro TeutschCerro Castillo. Foto: Diego Toro Teutsch
 
 
Hoy hubiera estado escribiendo sobre esas memorias, pero me tuve que conformar con pasar mis vacaciones en Santiago, donde llevo varias semanas encerrada en mi departamento como una medida de evitar la propagación del coronavirus. A principios de año, las noticias sobre el covid-19 parecían tan lejanas que empezamos marzo con un encierro paulatino, sin entender qué pasó. En regiones como Ñuble, Los Lagos y Aysén la temporada fue cerrada anticipadamente para contribuir con las medidas de cuidado. La pandemia nos ha obligado al distanciamiento social.
 
Desde el confinamiento, aprovecho de leer “A temporary refuge”, de Lee Spencer, quien en la tarea de cuidar a los salmones steelhead del río North Umpqua de los cazadores furtivos, se instaló con un pequeño mirador. Primero, como puesto de vigilancia, y luego, de observación. Con esa inspiración, me pregunté: ¿qué puedo hacer mientras no puedo salir a pescar?
 
En búsqueda de respuestas, mi amigo Darwin, quien me introdujo en la elegante y delicada técnica de la pesca al hilo, me contó que ha estado aprovechando de atar nuevas moscas. A pesar de estar en Parral, donde disfruta de buenas salidas de pesca cada verano, se ha mantenido también en casa, creando perdigones de distintos tamaños.
 
 
Foto: Mike MuñozFoto: Mike Muñoz
 
 
Por otro lado, mi amigo Mike, originario de Texas pero avecindado en Chile hace varios años, aprovecha de dedicarle más tiempo a su taller, donde vuelca su pasión por la pesca en la forma de cañas personalizadas. En tiempos previos a la cuarentena, lo he visto en distintas fases de este proceso: ensamblando y puliendo el corcho para un nuevo mango, o instalando nuevos pasadores con ayuda de pegamento y finos hilos de colores.
 
Mi cambio de planes es un mal menor. Me pregunto cómo la pandemia ha afectado en lo concreto a los guías de pesca y lodges que se han visto forzados a paralizar sus actividades. Espero que la próxima temporada podamos volver a sentirnos tranquilos de salir a mojar el wader y probar todas las moscas que esperan guardadas en nuestras cajas. Los planes se pueden volver a agendar.